Un anillo para gobernarlos a todos

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Nicholas Spykman y la estrategia de defensa estadounidense

 
 

Para quienes se dedican al dibujo, es muy útil girar de vez en cuando la hoja en la que están trabajando. La razón de esto es que, dada la vuelta, la obra deja de ser la representación de un objeto y pasa a ser un conglomerado de líneas. Al obligarse a analizar el dibujo desde una nueva perspectiva, el artista deja de emplear atajos cognitivos e inercias adquiridas y vuelve a percibir el dibujo que tiene delante tal y como es.



De igual modo, la geopolítica requiere del mismo ejercicio: es útil deformar los mapas, darles la vuelta, cambiar el ángulo y disponer de muchas y variadas representaciones del territorio para evitar que la proyección de Mercator ancle ciertas perspectivas que se repiten de puro sabido.

La representación del mapamundi que coloca América a la izquierda, Europa en el centro, África abajo y Asia a la derecha, que tanto hemos visto en los colegios, instala una determinada concepción del mundo, de la política y de la geografía. Quizás cambiando el mapa por uno que coloque a Eurasia en el centro estaremos en condiciones de captar su unidad geográfica, esencial para entender la Historia. 

Una política talásica

En America’s Strategy in World Politics, publicado en 1942, el politólogo neerlandés Nicholas Spykman redactó las bases fundamentales sobre las que cimentar la defensa de la república en la próxima centuria.

Spykman parte de las teorías expuestas por su homólogo británico, Halford Mackinder, que en 1904 escribió El pivote geográfico en la historia. Según Mackinder, el mundo es un conjunto de islas. La más importante de estas es la gran isla mundial, el continente euroasiático. Esta masa de tierra contiene en su centro el Heartland, corazón que alberga la mayor cantidad de recursos del planeta. Aquella potencia terrestre que fuera capaz de controlar el corazón continental de Eurasia estaría en condiciones de generar un gran imperio: vastos territorios, abundancia de recursos e impenetrabilidad geográfica por potencias marítimas.

El mayor problema para las potencias marítimas como Inglaterra y, posteriormente, EE. UU. es que una potencia terrestre alcance tal fin. Este ha sido históricamente el leitmotiv de la geopolítica anglosajona. Desde los tiempos del Imperio de España, pasando por la Francia napoleónica, el III Reich o la Unión Soviética, el interés de Londres y, después, de Washington ha sido trocear el continente a fin de dificultar esta operación y preservar el «equilibrio de poderes».

En 1942, de alguna manera, la Unión Soviética reactualizaba aquel miedo histórico de la geopolítica británica. La expansión de su influencia sobre Europa oriental, la creciente importancia de los partidos comunistas en toda Eurasia y la posibilidad de una futura articulación política del continente bajo una sola potencia terrestre con sede en Moscú convertían el viejo problema mackinderiano en una preocupación inmediata para Washington. Un poder semejante, capaz de proyectarse hacia Europa occidental, Oriente Medio y Asia, sería sencillamente invencible.

En ese panorama crítico, el geopolitólogo neerlandés propone fijarse en el tramo periférico que envuelve la Gran Isla. Esa costa que se extiende desde Europa hasta China, pasando por el Mediterráneo, los países árabes, Irán, India y el sudeste asiático, representa lo que Spykman bautiza como Rimland, el anillo continental, donde históricamente se han concentrado buena parte de los grandes imperios, de las ciudades más pobladas, de los principales puertos y de los mayores ejércitos de la Historia universal.

Dada la inferioridad estratégica que supone la posición insular americana respecto a la masa continental euroasiática, los EE. UU. deben basar su estrategia de defensa nacional en una «defensa adelantada», proyectando su poder sobre los espacios periféricos antes de que la potencia euroasiática pueda consolidar su dominio sobre ellos.

Bajo estos planteamientos nace la estrategia de defensa del Containment de George Kennan y, a nuestro juicio, constituye la base de la mentalidad estadounidense en lo tocante al ámbito de la gran estrategia. Washington diseñó un conglomerado de bases militares diseminadas por todo el mundo destinadas a proyectar fuerza contra las posiciones soviéticas, contener la expansión del comunismo y proteger los principales cuellos de botella del comercio marítimo mundial.

La OTAN en Occidente y el sistema de alianzas construido por Washington en Oriente y el Pacífico fueron la argamasa que conectó entre sí los sistemas de defensa del «mundo libre». A diferencia de Europa, donde la Alianza Atlántica proporcionó una estructura militar común, en Asia la arquitectura estadounidense se articuló mediante una red más dispersa de acuerdos, como ANZUS, SEATO y los tratados de defensa con Japón, Corea del Sur y Filipinas. A ello se sumaba la cooperación de inteligencia de FVEY, que conectaba a los principales aliados anglosajones.

Las estrategias particulares de cada Estado convergían progresivamente en una arquitectura militar común cuyo centro estaba en Washington. Estados Unidos aportaba la mayor parte de los recursos, la capacidad de proyección militar y el elemento decisivo de la disuasión nuclear frente a los soviéticos. Sus aliados, a cambio, integraban progresivamente sus sistemas de defensa en una estructura que, sin eliminar formalmente su autonomía militar, hacía depender cada vez más su seguridad de la potencia y los medios norteamericanos.

Muerto de éxito

Desde la caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, los Estados Unidos habían prometido a Gorbachov, por boca del secretario de Estado James Baker, que, si Alemania se mantenía en la OTAN, no avanzaría ni una sola pulgada hacia el este.
En sucesivas oleadas de expansión, hasta 2004, la OTAN avanzó tantas pulgadas como pudo hacia el este, ocupando el telón de acero y acercándose paulatinamente a las fronteras rusas. Frente a este avance unilateral, Rusia no pudo hacer más que mantener un perfil bajo. 

Durante la década de 1990, tras la disolución de la URSS, el país se sumergió en una de las crisis más devastadoras de su historia moderna, caracterizada por un estado de anarquía social, insurgencias militares y un colapso económico absoluto. En este escenario de fragmentación, el Kremlin carecía de los recursos económicos y militares para oponerse físicamente al expansionismo occidental, limitándose a emitir tímidas protestas diplomáticas que el bando triunfador interpretó como la resignación de un actor definitivamente derrotado.

Con el restablecimiento de la autoridad y el autoritarismo estatal de la mano de Vladimir Putin, el saneamiento de las finanzas y la modernización progresiva de sus fuerzas armadas, Rusia advirtió en la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2007 que:

«El modelo unipolar no solo es inaceptable, sino imposible en el mundo moderno y la expansión de la OTAN representa una provocación seria que reduce el nivel de confianza mutua».

Absortas en su poderío, las subsiguientes administraciones norteamericanas hicieron oídos sordos ante las advertencias de Moscú y siguieron implantando alrededor del país eslavo un entramado de alianzas militares y dispositivos balísticos cada vez más cercanos a sus fronteras.

La estrategia estadounidense parecía decidida a consumar el aislamiento definitivo de Rusia respecto de Europa occidental mediante el llamado roll back, impidiendo la conformación de un eje euroasiático.

En febrero de 2022, tras reconocer la independencia de las autoproclamadas repúblicas populares de Donetsk y Lugansk, de mayoría étnica rusa y asediadas por el ejército de Kiev, Vladimir Putin ordenó el envío de tropas bajo la premisa de garantizar su seguridad nacional e impedir un asentamiento de tropas de la OTAN a escasos kilómetros de su frontera. Esa acción provocó automáticamente el estallido de la Guerra de Ucrania.

Las sanciones que pusieron en respuesta Estados Unidos y sus aliados no tuvieron el resultado esperado. Se habían subestimado las capacidades de Rusia, quizás creyendo, por la propia propaganda, que Rusia era un país atrasado y tecnológicamente débil, una «petrolera con arsenal nuclear». Lo cierto es que, desde 2014, los rusos habían diseñado una serie de programas informáticos para que, en caso de una exclusión de los bancos rusos del sistema de mensajería interbancaria SWIFT, se pudiera 
restablecer rápidamente el sistema de transacciones económicas dentro del país.

En su artículo The Gift of Sanctions: An Analysis of Assessments of the Russian Economy, 2022–2023, el economista estadounidense James Galbraith señala el efecto positivo que han tenido, paradójicamente, las sanciones comerciales del exterior, gracias a las cuales se ha revitalizado una economía a la que se le ha impuesto una política proteccionista que ha abaratado los precios del gas y el petróleo y ha incentivado la inversión interna de las élites económicas rusas.

El presidente Biden declaró que «Putin será un paria en el escenario internacional». Contrariamente a sus intenciones, fuera del mundo occidental las acciones del Kremlin supusieron una pequeña nota de prensa sin compromiso expreso con tal condena. En general, la posición de Rusia ha salido diplomáticamente fortalecida en el Sur Global debido a que representa, según Emmanuel Todd, un papel como defensor de la moralidad tradicional, conservadora, patrilineal y homófoba.

Además, estas sanciones han abierto la puerta a la erosión del sistema del petrodólar, puesto que el gigante ruso habría empezado a aceptar yuanes por petróleo. Hoy, el petroyuan se perfila como una alternativa real para más países desde la guerra con Irán.

Llegados a este punto, debemos examinar otra de las consecuencias de la guerra de Ucrania: la revitalización de la relación bilateral entre Rusia y China. Hechos pedazos quedaban los esfuerzos realizados desde las épocas de Richard Nixon y Henry Kissinger para separar a estos dos gigantes, conscientes del peligro que representaba la unión de las dos potencias atómicas, unidas por la geografía en el corazón continental de Eurasia.

Quizás convenga reducir cierto optimismo rusófilo respecto a las perspectivas más conservadoras del periodista norteamericano Jim Sciutto, quien en su libro The Return of Great Powers: Russia, China and the Next World War escribe acerca de la creciente dependencia que está adquiriendo Moscú de su aliado chino. Estas son malas noticias para Rusia, pero son peores noticias para Washington, que puede ver, tal y como alertaba William Burns, director de la CIA, que «[Rusia] se convertirá en una colonia china como no vayan con cuidado».

China es el mayor comprador mundial de petróleo ruso; a cambio, es también el principal proveedor de manufacturas para Rusia. Esta relación asimétrica crea una creciente dependencia entre ambos actores, pero Rusia, por su condición de emisor de recursos naturales y comprador de manufacturas, queda peor parada.

La escala de ambos actores hace imposible una relación de equivalencia. China no solo posee una población diez veces superior a la rusa; su PIB nominal es, además, entre seis y diez veces mayor que el de la Federación Rusa. La política de hostilidades hacia el Kremlin, accidental o deliberadamente, ha sido una concatenación de imprudencias por parte de Washington, que tal vez haya creado sin quererlo al mayor de sus enemigos: una plataforma en el Heartland, de economía cerrada, con los recursos naturales de la vasta geografía rusa y la explosión demográfica del gigante asiático, con puertos calientes en el océano Pacífico y una posible salida al Ártico, si, como se espera, el deshielo de las futuras décadas abre una puerta a nuevas rutas comerciales por el norte. 

La política spykmaniana parece haber llegado a sus límites de la peor forma: creando el problema que esperaba evitar.

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