La guerra que actualmente enfrenta a Estados Unidos e Israel con la República Islámica de Irán concentra una de las grandes paradojas de la estrategia militar contemporánea. ¿Cómo es posible que una potencia con una superioridad económica, tecnológica y militar prácticamente absoluta encuentre serias dificultades para alcanzar sus objetivos políticos frente a un adversario ostensiblemente inferior? Sostenemos que esta paradoja puede comprenderse a partir de una actualización de la teoría del partisano de Carl Schmitt. Allí donde el jurista alemán pensó el partisano como un combatiente irregular, sostenemos que las transformaciones técnicas de la guerra han desplazado esa lógica hacia una realidad política de dimensiones superiores: el Estado-partisano.
Armas y política
El arma es un instrumento igualador. El desarrollo armamentístico no solo modifica la forma de hacer la guerra, sino que altera las correlaciones de fuerza sobre las que descansan nuestros sistemas políticos y el propio orden internacional. Cada gran revolución en el arte militar redistribuye el poder entre individuos, clases y Estados, al tiempo que obliga a reorganizar las instituciones que hasta entonces habían garantizado un determinado equilibrio político.
Sin ir más lejos, la democracia ateniense tuvo como uno de sus principales impulsores la invención del hierro. Un metal tan barato permitió que todos los ciudadanos pudieran armarse con una lanza y formar parte de la falange hoplita. La igualdad conquistada en el campo de batalla terminó reclamándose también en la política. Siglos más tarde, el arco largo inglés volvió a alterar una correlación de fuerzas que parecía inmutable al poner al campesino en condiciones de derrotar al caballero.
Del mismo modo, el Ius Publicum Europaeum, tan aclamado por Schmitt, no puede entenderse únicamente como una construcción jurídica. Fue, antes bien, el reconocimiento político de una determinada simetría material entre las grandes potencias europeas. Mientras ninguna podía imponerse definitivamente sobre las demás, el derecho internacional cristalizó ese equilibrio. Allí donde la simetría desaparecía, también desaparecían sus límites jurídicos, como muestran las guerras coloniales del siglo XIX.
El corte definitivo llegó en 1945. La aparición del arma nuclear rompió la lógica sobre la que había descansado el orden internacional europeo durante casi tres siglos. La diferencia entre poseer o no la bomba dejó de ser cuantitativa para convertirse en cualitativa. La posibilidad de la aniquilación recíproca convirtió la guerra directa entre las grandes potencias en una opción políticamente irracional, pero abrió un nuevo problema estratégico: ¿cómo puede combatir quien carece de esa capacidad? Es precisamente en este punto donde la teoría del partisano de Carl Schmitt adquiere una renovada actualidad.
Carl Schmitt y la teoría del partisano
Después de su expulsión de la vida pública alemana por su estrecha colaboración con el nacionalsocialismo, Carl Schmitt se convirtió en una figura que despertaba tanto la animadversión como la fascinación de sus contemporáneos. Todas las generaciones de juristas y politólogos han tenido que dialogar —a favor o en contra— con sus planteamientos acerca de la soberanía, lo político, la naturaleza del Estado y la guerra.
El Maquiavelo de Plettenberg, como gustaba de llamarse, pasó buena parte de sus últimos años en España, donde disfrutó de un amplio reconocimiento entre las élites políticas del país. Su delicada situación en Alemania lo llevó a evitar las cuestiones de política interna y a dirigir su atención hacia las relaciones internacionales.
En ese contexto, Schmitt pronunció en 1962 una conferencia en la Universidad de Zaragoza sobre las «teorías modernas del partisano», que terminaría convirtiéndose en una obra de referencia para un amplio y heterogéneo conjunto de guerrillas, grupos y movimientos políticos periféricos de muy diversa orientación ideológica enfrentados a enemigos superiores en recursos y tamaño.
En dicha conferencia, Carl Schmitt reflexiona sobre la esencia del partisano y sobre su papel en la guerra moderna. El partisanismo moderno nace, para Schmitt, con la Guerra de la Independencia española de 1808, cuando la Grande Armée derrotó al ejército regular español y comenzaron a organizarse grupos armados para defender la soberanía nacional y expulsar al invasor. Posteriormente, este fenómeno volvería a aparecer en Rusia frente a la invasión napoleónica, en la Revolución bolchevique y, finalmente, en las guerras de liberación nacional emprendidas por las antiguas colonias europeas.
En esencia, un partisano es un combatiente irregular que lucha en una situación de asimetría contra un poder invasor. Schmitt establece cuatro características básicas de este tipo de combatiente:
Irregularidad. El partisano es un guerrero motu proprio. Las circunstancias lo han llevado a combatir sin disponer de las garantías que ofrece un ejército regular. No se somete a las leyes de la guerra ni está limitado por una cadena de mando. Símbolo de ello es la ausencia de uniforme o de insignias identificables, lo que le permite esconderse entre la población civil.
Esencia política. El «partisano» es aquel que toma partido. Esta elección lo separa de cualquier otro grupo agitador o criminal porque, pese a hallarse también fuera de la ley, su rasgo distintivo se lo otorga la dimensión política en la que está inserto. Aunque cometa crímenes como el asesinato, el saqueo, la tortura o el terrorismo, el partisano orienta todos sus actos a la consecución de objetivos políticos, principalmente la defensa de su patria.
Telurismo. El patriotismo constituye la causa del partisano. Toma partido por la tierra de sus padres y, por ella, matará y morirá. Su objetivo principal no es conquistar nuevos territorios, sino expulsar al invasor. Precisamente por ello, el partisano posee un carácter eminentemente defensivo.
Movilidad. El partisano es, esencialmente, un hombre de la tierra que ha tomado las armas para defender su patria. Conoce el terreno mejor que el invasor y convierte esa ventaja en su principal arma. Evita la batalla campal, desgasta al enemigo mediante golpes rápidos y desaparece antes de que este pueda imponer su superioridad material.
Con todo, Schmitt advierte que estos cuatro rasgos no constituyen una esencia inmutable. La figura del partisano evoluciona junto con la técnica. Cada revolución en el arte de la guerra modifica la relación entre el ejército regular y el combatiente irregular, obligando al primero a adaptar constantemente sus métodos de combate a los del segundo. La historia del partisanismo no es sino la historia de una adaptación permanente a una correlación de fuerzas desfavorable.
Así, el partisano constituye una respuesta política a una situación de inferioridad material, y esta es, junto con su carácter político, su verdadera esencia inmutable. La irregularidad es la única forma de combate que puede permitirse frente a enemigos que, en un enfrentamiento directo, lo destruirían sin grandes esfuerzos. Cuanto mayor es la superioridad técnica del invasor, mayor es la necesidad de recurrir a formas irregulares de combate capaces de neutralizar, aunque solo sea parcialmente, esa desigualdad.
La aparición del arma nuclear llevó esta lógica hasta sus últimas consecuencias. La segunda mitad del siglo XX inauguró una situación en la que determinadas potencias adquirieron una capacidad de destrucción inalcanzable para la mayoría de los Estados. La guerra convencional dejó de ser una opción racional para el actor más débil, obligándolo a desplazar el conflicto hacia formas de combate indirectas, descentralizadas y prolongadas en el tiempo.
En este punto, a nuestro juicio, la teoría de Schmitt encuentra su principal límite. Aunque el jurista alemán comprendió que el partisano era el producto de una nueva correlación de fuerzas, siguió pensándolo como un individuo o, a lo sumo, como una organización armada.
No obstante, la evolución técnica posterior a 1945 ha modificado nuevamente las condiciones de la guerra. Satélites, drones, vigilancia electrónica e inteligencia artificial reducen enormemente las posibilidades de supervivencia del partisano clásico. Ello no significa automáticamente la desaparición de la lógica partisana, sino su transformación. Allí donde Schmitt veía un combatiente irregular, proponemos pensar una nueva figura: el Estado-partisano.
Una cuestión de escala: el Estado-partisano
A la altura de 1960, cuando Schmitt expone su teoría, el partisanismo seguía organizándose fundamentalmente en torno a guerrillas. Primero fueron los movimientos de liberación nacional de las antiguas colonias europeas: el Vietcong en Vietnam, el FLN en Argelia o la OLP en Palestina. Más tarde aparecieron las guerrillas ideológicas surgidas durante la Guerra Fría, como Montoneros en Argentina, Sendero Luminoso en Perú o las FARC en Colombia. Todas ellas respondían, con matices, al modelo schmittiano del combatiente irregular arraigado a un territorio y enfrentado a un enemigo materialmente superior.
A pesar de ello, conforme ha avanzado el siglo XXI, la propia evolución de la técnica ha alterado profundamente las condiciones que hicieron posible ese tipo de combatiente. La generalización de los satélites, los drones de vigilancia, las tecnologías de reconocimiento biométrico, la monitorización de las comunicaciones y el empleo creciente de la inteligencia artificial han instaurado un estado de vigilancia casi permanente que reduce considerablemente algunas de las ventajas tradicionales del partisano, especialmente su capacidad para ocultarse entre la población o aprovechar su conocimiento del terreno. La superioridad tecnológica ya no solo se expresa en el campo de batalla, sino también en la capacidad para localizar, identificar y eliminar objetivos con una precisión inédita.
Llegados a este punto, en el que, por una parte, la existencia del arma nuclear hace improbable una guerra directa entre las grandes potencias y, por otra, las tecnologías de vigilancia han reducido drásticamente las posibilidades de supervivencia del partisano clásico, cabe formular una pregunta inevitable: ¿ha desaparecido la guerra? Quizá eso es lo que quisieron creer los seguidores de Francis Fukuyama tras el final de la Guerra Fría. No obstante, la persistencia de conflictos como los de Irán o Ucrania sugiere lo contrario.
Schmitt reconstruye la evolución histórica del partisano desde las guerras napoleónicas hasta las guerrillas ideológicas del siglo XX. Nuestra hipótesis consiste en prolongar ese análisis un paso más. Del mismo modo que la figura del partisano fue modificándose conforme cambiaban las condiciones materiales de la guerra, sostenemos que la revolución tecnológica del siglo XXI ha provocado un nuevo salto cualitativo. La era de las nuevas tecnologías ha inoperativizado tres características del partisano clásico: la movilidad, el anonimato y la ocultación.
El partisanismo nace de la constatación de que el débil no puede ganar jugando al juego del fuerte. Toda su estrategia consiste en desplazar la guerra hacia un terreno donde la superioridad material del adversario pierda parte de su valor. La estrategia partisana consiste en impedir que el enemigo alcance los fines políticos por los que combate. Si pretende ocupar un territorio, habrá que hacer que la ocupación sea interminable; si busca rentabilidad, habrá que convertir la guerra en un sumidero de recursos; si necesita orden para gobernar, habrá que producir desorden. El partisano no vence por acumulación de fuerza, sino alterando las condiciones mismas sobre las que descansa la superioridad del enemigo.
Lo que ha desaparecido es la posibilidad de que un combatiente aislado o una pequeña guerrilla puedan sostener por sí solos una guerra prolongada contra una gran potencia. La lógica del partisano, aun así, permanece intacta y ha pasado a organizar una realidad política de dimensiones superiores. Es aquí donde proponemos el concepto de Estado-partisano.
Llamaremos Estado-partisano a aquel Estado que, consciente de la imposibilidad de alcanzar la simetría militar con una gran potencia, renuncia deliberadamente a competir en los términos fijados por esta y reorganiza su estrategia nacional para trasladar el conflicto a aquellos ámbitos donde la superioridad del adversario pierde eficacia o incluso se convierte en una fuente de vulnerabilidad.
Irán como Estado-partisano
El concepto de Estado-partisano, a nuestro juicio, encaja bien para comprender el planteamiento defensivo de distintos Estados, en mayor o menor medida. Vietnam, Corea del Norte o Cuba encajan, o han encajado en determinados momentos, en esta categoría. Es, sobre todo, la convicción de enfrentarse a un enemigo superior la que los lleva a aplicar estrategias partisanas. A la luz de los acontecimientos más recientes, creemos que la República Islámica de Irán es el Estado que mejor encaja en el epíteto de Estado-partisano. Creemos, además, que esta categoría resulta útil para comprender la doctrina militar iraní, históricamente enfrentada a grandes potencias y, en la actualidad, al eje Washington-Tel Aviv.
Sobre el punto de partida, es decir, la cuestión de la simetría, cualquier análisis de la estrategia iraní debería comenzar por un hecho elemental: Irán ocupa una posición de inferioridad prácticamente absoluta frente a Estados Unidos. La economía estadounidense es aproximadamente setenta veces mayor que la iraní en términos nominales; su gasto militar anual la supera entre cuarenta y más de cien veces; su población casi cuadruplica a la iraní y dispone, además, de una red global de bases militares, grupos de portaaviones y una superioridad aérea incontestable.
La comparación cualitativa resulta todavía más desfavorable. Mientras que Estados Unidos mantiene una capacidad de proyección militar gracias a sus alianzas y bases estratégicas, que, de hecho, rodean prácticamente a todos los vecinos del país persa, Irán carece de una marina oceánica, de bombarderos estratégicos, de una fuerza aérea moderna y de la infraestructura logística necesaria para sostener operaciones de larga distancia. Desde la revolución de 1979, además, su política se ha desarrollado bajo un régimen continuado de sanciones económicas y aislamiento político impuesto por las potencias occidentales.
En esta situación, una guerra convencional entre ambos Estados sería un suicidio para Irán. Es precisamente de esa imposibilidad de competir en el terreno convencional de donde nace el Estado-partisano. Consciente de este escenario, la República Islámica ha desarrollado un sistema destinado a explotar las debilidades del enemigo e incluso a convertir sus fortalezas en desventajas estratégicas, todo ello desde un planteamiento defensivo telúrico, centrado en la protección de su territorio y de su soberanía.
La estrategia de defensa iraní parte, por tanto, del reconocimiento de su propia inferioridad frente a Estados Unidos. Toda su arquitectura política, militar e industrial ha sido diseñada para neutralizar las ventajas del enemigo, explotar sus vulnerabilidades e incluso convertir algunas de sus fortalezas en debilidades estratégicas.
La tipología clásica del Estado, basada en la concentración de la autoridad político-militar, ha demostrado en numerosas ocasiones su vulnerabilidad cuando el liderazgo es eliminado, como ocurrió en la Libia de Gadafi o el Irak de Sadam Husein. En cambio, la descentralización constituye uno de los pilares del sistema político y militar iraní. Preparados para el advenimiento de un ataque de precisión contra los miembros de las élites del Estado, han desarrollado todo un sistema capaz de operar de forma autónoma y eficiente, pudiendo sortear incluso la muerte de Alí Khamenei en medio de los bombardeos de febrero de 2026, en los que, además, los ciberataques israelíes habían inoperativizado el sistema de comunicaciones en red.
A nivel militar, este planteamiento se reproduce mediante la denominada defensa en mosaico, desarrollada por el general Mohammad Ali Jafari. El sistema parte de un principio de descentralización y autonomía de los treinta y un comandos territoriales de la Guardia Revolucionaria. Cada uno de ellos dispone de su propia cadena de mando y capacidad de decisión, lo que le permite continuar combatiendo incluso si las comunicaciones con el mando central quedan interrumpidas. Del mismo modo, cada comando cuenta con depósitos propios de armamento, arsenales locales de misiles y drones y una estructura logística suficiente para sostener las operaciones sin depender de largas líneas de suministro, siempre vulnerables al bombardeo aéreo. A ello se suma la integración con las milicias de voluntarios locales, conocidas como Basij, dotadas de un conocimiento exhaustivo del terreno y de sus propios servicios de inteligencia, lo que convierte cada provincia en un espacio capaz de sostener una guerra de desgaste de manera relativamente autónoma.
Frente al modelo occidental, que persigue plataformas tecnológicamente cada vez más complejas y costosas, Irán ha privilegiado la producción masiva de armamento barato. Podría parecer una consecuencia de sus limitaciones económicas cuando, en realidad, constituye una elección estratégica plenamente coherente con un planteamiento partisano de la guerra. El armamento de bajo coste permite equipar simultáneamente a un gran número de unidades, facilita la reposición constante del material destruido y concede una elevada autonomía a cada uno de los mandos territoriales. Allí donde un misil de varios millones de dólares obliga a amortizar cuidadosamente cada lanzamiento, un dron o un misil de fabricación barata puede emplearse sin reservas, aceptando de antemano su destrucción como parte natural de la guerra.
La cuestión adquiere toda su dimensión cuando se observa la relación de costes entre ataque y defensa. Un dron Shahed-136 —empleado por los iraníes— tiene un coste estimado de entre veinte y cincuenta mil dólares, mientras que su interceptación mediante sistemas Patriot puede oscilar entre los dos y los cuatro millones de dólares por misil, llegando incluso a cifras superiores con determinados interceptores. La finalidad del ataque deja de ser exclusivamente destruir objetivos para convertirse también en un mecanismo de desgaste económico. Cada oleada de drones obliga al adversario a consumir sistemas defensivos extraordinariamente caros frente a amenazas cuyo coste de fabricación resulta insignificante en comparación. El resultado es una inversión de la lógica tradicional de la superioridad tecnológica.
A nivel marítimo, esta estrategia se reproduce mediante la proliferación de entre tres mil y cinco mil minas navales y una flota de lanchas rápidas tipo mosquito, capaces de poner en riesgo la flotabilidad de cualquier portaaviones o fragata de la marina estadounidense. Cuanto más sofisticados son los sistemas defensivos del enemigo, mayor es también el coste que debe asumir para mantenerlos operativos.
Otro elemento fundamental es el denominado Eje de la Resistencia, una red que ha evolucionado de ser un conjunto de apoderados jerárquicos a un ecosistema descentralizado de reproducción autónoma. Esta arquitectura proporciona a Irán una profundidad estratégica sin precedentes, y le permite dispersar los recursos del enemigo en múltiples frentes simultáneos.
En el Levante, Hezbolá y Hamás obligan a Israel a mantener una movilización constante. A pesar de haber perdido alrededor de 3.800 combatientes en campañas previas, Hezbolá conserva aproximadamente un tercio de su potencia de fuego original y ha demostrado su capacidad de proyección regional lanzando ataques incluso contra la base británica de Akrotiri, en Chipre.
En el frente sur, los hutíes de Yemen actúan como el componente más disruptivo de esta estrategia. El 20 de julio declararon un bloqueo naval formal contra Arabia Saudí en el estrecho de Bab el-Mandeb. Mediante el empleo de drones y misiles, han atacado buques mercantes y militares, y ha logrado inutilizar la ruta alternativa diseñada por Arabia Saudí para reducir su dependencia del estrecho de Ormuz.
En Irak, por su parte, la Resistencia Islámica ha llegado a reivindicar hasta veintinueve ataques con drones en un solo día contra bases estadounidenses. La escalada alcanzó un punto álgido el 29 de julio, cuando Estados Unidos y Arabia Saudí ejecutaron una operación aérea conjunta sobre cuarteles de las Fuerzas de Movilización Popular en distintos puntos del país. La operación tensionó al máximo el equilibrio político de Bagdad, cuyo gobierno, relativamente próximo a Washington, calificó la incursión como un «ataque unilateral».
En conjunto, este planteamiento neutraliza las dos principales ventajas de Estados Unidos. Por un lado, la capacidad para descabezar al adversario mediante ataques de precisión pierde eficacia frente a una estructura política y militar profundamente descentralizada. Por otro, el enorme coste del arsenal estadounidense queda erosionado por una estrategia basada en la producción masiva de drones y misiles de bajo coste. La superioridad tecnológica deja de ser, así, una garantía de victoria para convertirse, al menos parcialmente, en una fuente de desgaste.
Gracias a estos elementos, no solo se neutralizan ventajas estratégicas concretas, sino el propio modelo de guerra estadounidense, basado en campañas breves, remotas y de gran precisión.
La estrategia iraní consiste en explotar lo que considera la principal vulnerabilidad norteamericana en el momento presente: el factor tiempo. Con unas elecciones próximas, los dirigentes iraníes son conscientes de que la Administración Trump difícilmente puede permitirse proyectar una imagen de debilidad, soportar una inflación creciente o asumir un fracaso militar acompañado de un número elevado de bajas.
Por ello, Irán ha atacado bases estadounidenses repartidas por toda la región con el objetivo de degradar su infraestructura terrestre, dejando instalaciones situadas en Qatar, Kuwait y Baréin en condiciones muy difíciles para su operatividad.
Esta estrategia supone además una provocación de primer orden, al golpear a aliados de Estados Unidos que, en teoría, no participan directamente en la guerra. Entre otros objetivos, han sido atacadas refinerías de Aramco en Arabia Saudí y plantas desalinizadoras en Kuwait y en los Emiratos Árabes Unidos. Asimismo, Irán ha alcanzado instalaciones situadas en territorio bajo soberanía estadounidense, como la embajada de Estados Unidos en Kuwait. Según las cifras disponibles a finales de julio, estos ataques habrían causado la muerte de diecinueve militares estadounidenses y más de seiscientos heridos, lo que ha aumentado la presión política sobre Washington para responder.
En la misma línea, el cierre de los estrechos de Ormuz y Bab el-Mandeb provoca pérdidas millonarias al afectar a dos de los principales cuellos de botella del comercio marítimo mundial, por los que transita aproximadamente el 20 % y entre el 12 % y el 15 % del comercio internacional, respectivamente, en condiciones normales. A ello se suma una crisis de suministro de petróleo y gas que incrementa el coste del transporte de mercancías. También aumentan las primas de los seguros marítimos, lo que puede añadir alrededor de 250.000 dólares al coste de cada tránsito.
Presumiblemente, el objetivo de Teherán consiste en generar una presión económica suficiente sobre los aliados de Estados Unidos para que, por una simple lógica de supervivencia estatal, terminen distanciándose de Washington en una guerra que no perciben como beneficiosa para sus propios intereses.
Si, aun con todos estos elementos en contra, Estados Unidos decidiera invadir Irán, dejaría atrás una guerra convencional para adentrarse en una guerra genuinamente partisana. Tras franquear las murallas naturales de los Zagros, se encontraría con un territorio preparado para una guerra de desgaste: mandos descentralizados, milicias locales y oleadas constantes de drones y misiles de bajo coste harían extraordinariamente difícil la conquista de un objetivo que, por la propia naturaleza acéfala del sistema político-militar iraní, ni siquiera queda del todo claro. La ocupación del territorio no garantizaría la consecución de los objetivos políticos de la guerra, sino que abriría una nueva fase del conflicto para la que, precisamente, parece haber sido concebida la estrategia defensiva iraní.
No podemos predecir cuál será el rumbo de la guerra en el Golfo ni las decisiones que tomarán Washington o Teherán en los próximos meses. Lo que sí pretende esta columna es ofrecer un marco interpretativo que permita comprender la profundidad y la dificultad del desafío al que se enfrenta Trump si decide continuar una guerra para la que los iraníes parecen haberse preparado durante décadas.
Conclusiones
A lo largo de estas páginas hemos tratado de mostrar que la teoría del partisano de Carl Schmitt continúa ofreciendo una herramienta extraordinariamente fértil para comprender las formas contemporáneas de la guerra. Sin embargo, las profundas transformaciones técnicas acaecidas desde la aparición del arma nuclear y aceleradas durante el siglo XXI obligan a prolongar algunas de sus intuiciones. Si Schmitt pensó el partisano como un combatiente irregular enfrentado a un enemigo materialmente superior, nosotros hemos tratado de mostrar cómo ese mismo planteamiento ha terminado por organizar la estrategia de determinados Estados incapaces de competir con las grandes potencias en los términos de la guerra convencional.
Determinado por la nueva correlación de fuerzas internacional y por las transformaciones técnicas del arte de la guerra, creemos asistir al alumbramiento de una nueva forma política en la que el principio partisano vuelve a encarnarse. Ya no en un guerrillero, ni siquiera en una organización armada, sino en el propio Estado. El Estado-partisano constituye, a nuestro juicio, la expresión política que adopta el partisanismo bajo las condiciones materiales del siglo XXI.
Si la estrategia iraní logra consolidarse como un modelo eficaz de defensa frente a una gran potencia, no solo habremos asistido a una transformación de la guerra, sino también a la aparición de un nuevo horizonte estratégico para aquellas potencias medias cuya aspiración consiste en garantizar su propia soberanía frente a enemigos materialmente superiores. Solo el tiempo dirá si esa tendencia termina por consolidarse. Lo que sí parece difícil de negar es que el partisano, lejos de haber desaparecido, vuelve a ocupar un lugar central en la historia de la guerra.
