Apuntes para entender a Trump desde una perspectiva geopolítica
Eje central de la estrategia de comunicación de Donald Trump ha sido jugar constantemente con lo esperpéntico, lo grotesco, lo extravagante. Steve Bannon hablaba siempre de «inundar la zona»: tapar el escándalo de ayer con el escándalo de hoy, ahogar a la prensa en cientos de miles de «frikadas» con las que el presidente nos deleita todos los días. El objetivo es presentar al jefe del Estado americano como un «mad man», como un actor imprevisible que está dispuesto a todo para conseguir sus objetivos. Esta estrategia añade la virtualidad de ser efectiva para confundir a los analistas con constantes espantapájaros que los distraen de los verdaderos ejes de la política trumpiana.
Es comprensible, pues, que a muchos les confundan los gags cómicos que suele hacer el presidente en sus apariciones públicas y redes sociales. Muchos han escrito ya acerca de los vídeos generados con inteligencia artificial, las frases sin sentido y las salidas de tono del Sr. Trump. Nosotros no podríamos más que aprender de todos estos expertos en comunicación y psicólogos que escriben con mucho criterio sus análisis. Siento, por el contrario, que existe menos contenido en español acerca de Trump en su dimensión geopolítica que intente ver su política exterior no como un epifenómeno de su estrategia comunicativa, sino como actos de racionalidad política que continúan y discontinúan con el legado exterior de sus predecesores. No es posible en una columna hablar de una política exterior que todavía está a la mitad de su desarrollo y que, por su actualidad, desconocemos tanto detalles fundamentales que nos ocultan sus ejecutores como los resultados a medio y largo plazo.
Lo que sí que podemos hacer es proponer una perspectiva para interpretar los movimientos que han hecho y hacen aún los Estados Unidos de América en su actual fase de crisis como potencia imperial.
EE. UU., un imperio
Entendemos por imperio una estructura política que desborda la idea clásica de la «frontera» propia del Estado-nación. Una estructura política informada por un fin maximalista: ordenar el conjunto del género humano. En determinados momentos históricos, una religión, una filosofía o una doctrina política adquieren una pretensión de universalidad capaz de presentarse como principio ordenador supremo en condiciones de reunificar a la humanidad: la cosmópolis alejandrina, la cristiandad hispánica, la umma islámica, el comunismo internacional o el liberalismo político constituyen ejemplos de proyectos distintos entre sí, pero unidos por su vocación ecuménica que, al engarzar con un poder político efectivo, impulsa empresas imperiales de alcance universal.
¿En qué sentido son, pues, los Estados Unidos de América un Imperio? Los EE. UU. encajan en la definición de imperio porque sostienen una ideología con vocación de ordenar el género humano: el liberalismo. El liberalismo de cuño anglosajón se basa en el individuo atómico como modelo antropológico, el parlamentarismo como modelo político y el capitalismo como modelo económico. Con esta ideología los Estados Unidos han volado «por el imperio hacia Dios» y, en la persecución de este ideal, han aumentado su poder político, militar y económico.
Los Estados Unidos de América son una república y, nominalmente, rechazan la etiqueta de «imperio». Sin embargo, como hemos dicho, la denominación jurídica de un Estado no agota su morfología política. Tampoco fueron denominados «imperios» en su propia época el Imperio romano, el español o el azteca en los términos en que hoy los conceptualizamos. Fueron los historiadores posteriores quienes emplearon estas categorías para identificar estructuras políticas cuya extensión y relaciones de poder desbordaban las formas jurídicas con las que se presentaban ante sus contemporáneos.
Sostenemos que el imperio estadounidense debe ser conceptualizado como un imperio diapolítico, esto es, un sistema de Estados subordinados a un Estado imperial sin necesidad de una anexión territorial directa. Desde esta perspectiva, la potencia metropolitana hegemoniza y garantiza la subordinación de terceros Estados mediante mecanismos de influencia política, económica, tecnológica y militar que condicionan sus márgenes efectivos de actuación.
Podría objetarse que los países integrados en el área de influencia de Estados Unidos —el denominado «mundo libre», que incluye a la Unión Europea, Oceanía, Corea del Sur y Japón— son Estados soberanos e independientes y que, por tanto, resulta impropio hablar de un imperio norteamericano. Sin embargo, la soberanía formal de un Estado no impide que este se encuentre, en determinadas materias, supeditado a la voluntad o a los intereses de una potencia exterior.
La historia ofrece numerosos precedentes. Ocurrió con las polis de la Liga de Delos respecto de Atenas, con los principados alemanes en el marco del Sacro Imperio Romano Germánico o, en un contexto mucho más próximo, con territorios como Irak, Egipto y Transjordania como protectorados del Imperio británico. Cada uno de estos casos presenta características propias derivadas de su contexto, de las tecnologías disponibles y de las circunstancias geopolíticas concretas. Todos ellos ilustran, sin embargo, que un Estado puede disponer de presidente, constitución, bandera e himno nacional y, aun así, encontrarse condicionado de manera estructural por un poder extranjero.
Este fenómeno ha sido analizado por el politólogo Alejandro Palomo Garrido en su artículo El poder blando en la globalización: algunos aspectos de la comunicación en el sistema internacional, en el que describe el entramado institucional que contribuye a mantener a numerosos Estados dentro de la esfera de influencia de Washington. En el ámbito económico, identifica instituciones como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio; en el plano militar, la OTAN, la alianza Five Eyes o el Quad; y, en el plano político-diplomático, la Organización de las Naciones Unidas. A ello añade la dimensión cultural, destacando el predominio internacional de la industria musical y audiovisual estadounidenses, con Hollywood y las discográficas americanas a la cabeza de la producción cultural.
El conjunto de estos elementos permite sostener que el liderazgo estadounidense dentro de su esfera de influencia va mucho más allá de una mera preponderancia económica o de una simpatía cultural generalizada. Desde las coordenadas filosóficas de las que partimos, la existencia de una estructura política capaz de proyectar su poder sobre terceros Estados constituye precisamente uno de los rasgos que permiten hablar de un sistema imperial. La magnitud de los recursos destinados por Estados Unidos a la defensa de sus intereses más allá de sus fronteras resulta, en este sentido, significativa. Un ejército permanente de 175.000 soldados desplegado en el extranjero, entre 254 y 750 bases militares distribuidas en ochenta países, una flota capaz de operar en los siete mares y un aparato cultural con una extraordinaria capacidad de difusión internacional revelan una estructura de poder que desborda ampliamente las necesidades inmediatas de un Estado circunscrito a sus fronteras. No se trata únicamente de la dimensión cuantitativa de estos recursos, sino de su articulación en una red de relaciones capaz de condicionar la actuación de terceros Estados y de coordinar amplias regiones del sistema internacional.
Desde esta perspectiva, podemos considerar a los Estados Unidos de América como un Estado imperial. Su esfera de influencia se extiende, con distintos grados de intensidad, desde el Pacífico occidental hasta Europa y desde el Atlántico norte hasta el Mediterráneo y Oriente Próximo, al tiempo que mantiene una influencia histórica particularmente intensa sobre Iberoamérica. A ello se suma su capacidad para intervenir política, económica y militarmente en regiones como el golfo Pérsico y el norte de África. Esta extensión no debe entenderse como un territorio imperial homogéneo, sometido a una única forma de administración, sino como una esfera compuesta por Estados con distintos grados de subordinación, cooperación y autonomía.
El periodo que abarca desde 1945 hasta 1991 es el de un Imperio configurado por su naturaleza de límite del comunismo, como contenedor de la «civilización occidental» y, en cierta forma, como su garante y protector. La Guerra Fría instauró una dinámica de posterior fusión y confusión entre Washington y sus aliados.
Los límites de un sistema imperial
Es larga la historia de los imperios corroídos por los propios gastos de su mera supervivencia, y es que, como muestran los libros de texto, muchos son los muertos, las revoluciones y, en general, toda suerte de desgracias que se producen en las naciones en el periodo de formación imperial. Grandes ejércitos, omnipresentes armadas, la última generación en armamento y, por supuesto, una cultura digna de tal grandeza: los gastos sencillamente no acaban y todo ese dinero sale de los bolsillos de los ciudadanos, que no reciben, como mínimo en las primeras décadas, incluso siglos, más que desgracias de la empresa imperial. Los EE. UU. parecen haber llegado por primera vez al ineludible límite de sus capacidades humanas, materiales y filosóficas. En épocas más brillantes del pasado, cuando las fuerzas humanas y productivas experimentaban un crecimiento vital y enérgico, empujaban los límites del imperio hacia el afuera. Así ocurrió durante los periodos históricos que sirvieron de transición entre la República de la primera hora y la conquista del Oeste; a su vez, fue el caso de la salida hacia los mares y océanos después de la guerra de Cuba y, de igual forma, sucedió con el control de las naciones del mundo bajo un sistema imperial diapolítico.
Cuando un organismo crece, este exige de la naturaleza los recursos necesarios para sostener sus nuevas dimensiones. Muy al contrario, cuando uno decae, su cuerpo debe concentrar sus energías vitales en un tamaño más adecuado a la escasez de recursos. Así, el Imperio americano se encuentra hoy ante la necesidad de desprenderse de todo aquello que resulte prescindible para poder sostener, con menos recursos, una estructura más modesta.
A nuestro juicio, este es el modo en el que deberíamos enmarcar el discurso trumpista del «America First», sin llevarse a engaño por el desparpajo y las excentricidades de una estrategia comunicativa que pone tanto el acento sobre la fuerza, la autoridad y el poder. La vuelta hacia el patriotismo y la reivindicación de los Estados Unidos como actor singular significa que la capacidad de universalizar los intereses de la metrópoli, ya no digamos al mundo entero, sino tan solo a su propio bloque imperial, ha quedado parcialmente inoperante. Lejos quedan ya los años en los que Carter o Bush hablaban en nombre del conjunto del género humano, emitiendo con su voz universal los intereses particulares de una sola nación.
¿Y cuáles han sido las causas de este cambio? En primer lugar, la falta de una red de protección universal convierte al sistema sanitario en una barrera insalvable para millones de personas. Al tratarse de un modelo donde la cobertura privada suele estar ligada al empleo, la pérdida del trabajo conlleva perder la póliza o asumir costes inasumibles. A esto se suma el hecho de que contar con un seguro no garantiza la protección financiera, pues la proliferación de pólizas con franquicias y copagos elevados provoca que millones de asegurados eviten ir al médico para no asumir el coste que, de entrada, tiene que salir de su bolsillo. Por si fuera poco, la enorme diversidad de aseguradoras e intermediarios privados genera una carga administrativa y burocrática cuyos costos superan con creces los de cualquier sistema de pagador único.
Esta precariedad estructural choca además con la insostenibilidad fiscal generada por el envejecimiento demográfico. La jubilación masiva de la generación del baby boom incrementará drásticamente la población dependiente, mientras que la base de trabajadores activos que nutre los fondos del sistema crecerá a un ritmo muy inferior. Este desequilibrio ejerce una presión insostenible sobre las obligaciones no financiadas de la Seguridad Social y Medicare. Ante este escenario, cualquier intento político por recortar o reformar estos programas se topa con la férrea oposición de la American Association of Retired Persons, uno de los grupos de presión más influyentes del país.
Por otro lado, a pesar de albergar el sistema más costoso del planeta en términos de gasto per cápita, Estados Unidos constituye un caso anómalo entre las economías avanzadas por el deterioro de sus indicadores de salud. La esperanza de vida sufrió un marcado retroceso durante la segunda mitad de la década de 2010 y, tras la pandemia, descendió a 76,3 años en 2021, situándose por detrás de la mayoría de países desarrollados. Paralelamente, la tasa de mortalidad infantil (5,4 por cada 1.000 nacidos vivos en 2020) duplica la de varios estados europeos. Este deterioro sociosanitario está íntimamente ligado al aumento de las llamadas «muertes por desesperación» (sobredosis, alcoholismo y suicidio). La crisis de los opioides representa el síntoma más agudo de esta quiebra: una trama en la que grandes farmacéuticas, distribuidoras y médicos negligentes inundaron comunidades enteras de analgésicos adictivos, multiplicando sus beneficios a costa de la salud pública. También podemos destacar como problema acuciante la extrema desigualdad.
El 1 % más rico de la población concentra un tercio de toda la riqueza nacional. Debajo de esta oligarquía, la sociedad estadounidense alberga alrededor de 40 millones de personas que viven por debajo del umbral de la pobreza. Además, el país padece unas infraestructuras deficientes que no hacen sino agravar la inabarcable desigualdad que fractura a esta sociedad, en teoría desarrollada. Los sistemas vitales del país se deterioran tras décadas de desinversión. Por poner algunos ejemplos recientes, según la Fundación FAES, uno de cada tres puentes en el país necesita reparaciones estructurales urgentes o una reconstrucción completa; cerca del 39 % de las grandes autopistas y carreteras nacionales presenta pavimentos catalogados en mal estado, y alrededor del 18 % de las presas hidráulicas presenta un elevado nivel de riesgo potencial de fallo. Tal vez podría pasar por aceptable esta desastrosa situación social, económica y política si el programa militar que se pretende financiar a toda costa fuera, al menos, de la calidad esperada. Sin embargo, el sistema de defensa estadounidense padece una parálisis fruto de las propias dinámicas del capitalismo de defensa y de la progresiva subordinación de la política militar a los intereses de los grandes contratistas privados.
El problema principal al que se enfrenta EE. UU. es que el Estado gasta muchísimo (1,5 billones de dólares anuales) en una defensa que no responde como debería. Y es que un enorme gasto no significa una enorme eficiencia. La producción militar de los EE. UU. está fuertemente fragmentada entre los diferentes distritos del país. Esto permite al complejo industrial militar ejercer presión sobre los gobernadores gracias a su posición privilegiada como garantes de trabajo en el territorio aunque en cuestiones de productividad esta fragmentación sea contraproducente.
Para visualizar las consecuencias de este sistema arrojaremos unos datos: Según informes de la Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno, el emblemático programa del cazabombardero F-35 con un valor de 2 billones de dólares tiene tan solo una tasa de disponibilidad operativa que no supera la mitad de los aviones, situación similar a la de los astilleros mantiene inmovilizada a cerca del 40% de la flota de submarinos de ataque a la espera de reparaciones que se posponen durante años.
Por su parte, el Center for Strategic and International Studies advierte que, en un escenario de conflicto de alta intensidad, EE. UU. agotaría sus reservas de munición de precisión de largo alcance en menos de una semana. A esta incapacidad productiva se añade una severa crisis de reclutamiento, fruto directo del propio deterioro sociosanitario de una población joven donde, según datos del Departamento de Defensa, solo el 23% cumple los requisitos físicos y médicos de acceso y una insostenible vulnerabilidad económica que obliga a emplear misiles de millones de dólares para neutralizar drones de bajo coste.
Hacia la contratracción
Tal parece que los Estados Unidos son un país tercermundista atrapado en el cuerpo de una superpotencia. Y es evidente que, en tales condiciones, no se puede sostener un imperio de las dimensiones mundiales de las que gozaron hasta ahora los estadounidenses. Este repliegue se debe, en buena medida, a que el poder norteamericano actual ya no descansa sobre una base industrial tan sólida como la que sostuvo su expansión durante el siglo XX, sino sobre una estructura financiera altamente dependiente de los flujos de capital procedentes del resto del mundo.
De hecho, la globalización, orquestada originalmente por los propios Estados Unidos, ha terminado socavando parcialmente su hegemonía industrial, provocando una reducción de su participación relativa en la producción manufacturera mundial y favoreciendo la deslocalización de numerosas actividades productivas. En este sentido, el plan de Trump consiste en dar «dos pasos hacia atrás para dar uno adelante», intentando concentrar los recursos de una superpotencia fatigada y asumiendo una transición hacia un imperio de menores dimensiones, pero que conserve una determinada superioridad estratégica. Que lo consiga o no lo dirá el destino.
Esta política se manifiesta con claridad, por ejemplo, en los sucesivos paquetes de aranceles lanzados desde la Casa Blanca tanto a amigos como a enemigos. Asimismo, tanto la retirada de tropas de la base militar de Ramstein —la base americana más importante en Europa— como las amenazas por parte de Trump de salir de la Alianza Atlántica dejan ver que bajo la máscara de fuerza hay una indudable debilidad. La OTAN ha sido la expansión del poder militar de los EE. UU. más allá de sus fronteras; si la ha financiado prácticamente solo, ha sido porque es el principal, y en ocasiones el único, marco en el que se juegan sus intereses estratégicos. Nos remitimos al pasado artículo sobre la defensa avanzada.
Este giro proteccionista y de repliegue estratégico comenzó a esbozarse durante la administración de Barack Obama, fue reforzado de manera agresiva por Trump y ha continuado, aunque con importantes matices, durante la administración de Joe Biden. En este sentido, puede interpretarse como una tendencia estructural de la política norteamericana, aunque no necesariamente como una política de Estado plenamente consensuada, orientada a paliar el deterioro relativo de la posición material del país.
El reto al que se enfrentan hoy los Estados Unidos no es menor: desescalar la estructura de un imperio que ha ocupado gran parte del mundo, priorizando los espacios de actuación, intentando deshacer el camino hecho durante los últimos ochenta años, procurando no descomponerse por el camino. El plan de Estados Unidos expuesto en la estrategia nacional de seguridad de este año establece como primera prioridad asegurar la absoluta preeminencia de la República en su hemisferio: he aquí el repliegue. Un área impenetrable en la que China y Rusia tienen la entrada vetada para hacer negocios.
Véase en este sentido la expulsión de los intereses chinos de Venezuela, Panamá y, como se espera, de Cuba. Esto ha sido posible gracias a la proliferación de gobiernos de ultraderecha y pro-Trump en toda la zona: desde Milei y Kast en el Cono Sur hasta Alvarado y la reacondicionada Delcy Rodríguez en la zona norte; con excepción de México y Brasil, en todos los países afloran gobiernos que cuentan con el apoyo del presidente norteamericano.
No puede ser pasada por alto la anexión que ha hecho Washington, anunciada exclusivamente por X, de la isla de Groenlandia, a espaldas de los parlamentos groenlandés y danés, pero que cuenta con el apoyo de sus gobiernos. Estados Unidos ha obtenido el derecho a la explotación del territorio, de la construcción de bases militares y el poder de veto a operaciones comerciales de países que representen un riesgo estratégico para la OTAN.
Eso sí, podemos quedarnos tranquilos de que los americanos han reconocido la inviolable e inquebrantable sacrosanta soberanía nominal del Reino de Dinamarca sobre la isla. Vienen curvas para las próximas décadas en el primer mundo, que va a padecer las consecuencias de este gran desmantelamiento del orden universal impuesto por los norteamericanos desde que vencieran en la Guerra Fría. Solo Dios sabrá qué nos deparará el destino, pero por el camino esperamos haber podido clarificar la gran estrategia del Ejecutivo de Trump para los Estados Unidos en el nuevo siglo


